Los vestigios y antiguos enclaves de civilizaciones antiguas son siempre tremendamente evocadores y sugerentes a la hora de sugerirnos muchas preguntas sobre qué se pudo vivir o qué pudo suceder con ellos como testigos.

Hay además determinados casos tocados por un halo de misterio especial por algún suceso o punto concreto con ellos relacionados.

A esta última categoría pertenece precisamente el enclave del que os quiero hablar hoy, sin duda bien conocido como ubicación histórica y cultural, de hecho es patrimonio de la humanidad de la Unesco.

Pero adicionalmente, también tiene una larga historia como punto realmente misterioso, relacionado con el mismísimo infierno.

Me estoy refiriendo al imponente conjunto de ruinas de la antigua ciudad de Hierápolis (ciudad sagrada), que se ubica en lo que hoy es la localidad turca de Pamukkale.

Las edificaciones datan del siglo II a.C., durante el reinado de Pérgamo. Esta ciudad llegó a alcanzar una gran importancia hacia el período Helenístico, debido principalmente a formar parte de las rutas comerciales y su nivel artístico. Además, sirvió como lugar de culto hacía muchos dioses greco-romanos como Dionisio, Cibeles, Apolo, e incluso el oscuro Hades, por eso su nombre de Hierápolis.

Sin entrar en más consideraciones históricas en este momento, hoy en día, simplemente la visita a las ruinas de la ciudad, que incluyen uno de los teatros romanos mejor conservados de Europa, ya es algo francamente recomendable.

Pero además, en Pamukkale podemos encontrar otra maravilla, en este caso de carácter natural como son sus famosos travertinos, una espectacular formación de origen calizo, caracterizada por unas terrazas escalonadas con piscinas de agua termal de una impresionante belleza, ampliamente visitadas y disfrutadas por los turistas.

Sin embargo, no son ninguno de esos indudables atractivos los que acercan hoy Pamukkale a MISTERIO ANIMAL, sino una tenebrosa historia que a lo largo de los siglos ha estado unida a un punto concreto de Hierápolis, el conocido como templo de Plutonio.

Dedicado al dios Plutón, el griego Hades, esta edificación cuenta con un lugar revestido de una siniestra leyenda, al que desde siglos atrás se hacía referencia con el descriptivo nombre de “Puerta del infierno”.

La oquedad, pues más bien de eso se trata, como si dijéramos la entrada de una pequeña cueva por cuya abertura sin embargo puede introducirse un hombre adulto, da paso a una sima que se antoja profunda, y digo se antoja porque el fondo está repleto de un vapor que crea una bruma densa que no deja ver nada más allá.

Siendo ya de por sí el propio templo el lugar posiblemente más oscuro de toda la ciudad, puesto que allí se hacían sacrificios animales pero también humanos, en honor de Hades y luego Plutón, la presencia de la tenebrosa puerta remataba el conjunto.

Fue utilizada desde tiempos inmemoriales para esos fines, pues los animales que a ella se acercaban caían fulminados, incluso los animales silvestres, por ejemplo pájaros, que pasaban por allí sufrían el mismo destino, como si un rayo invisible los alcanzara en ese punto.

Curiosamente, de alguna manera, los sacerdotes del templo lograron encontrar la manera de permanecer inmunes, de tal forma que llegaban por ejemplo con un toro o una oveja para el sacrificio y se introducían en la puerta para que los aterrorizados parroquianos que observaban desde puntos cercanos, pudieran comprobar como el toro quedaba fulminado en pocos segundos mientras que el sacerdote lograba salir de nuevo, algo mareado pero por su propio pie.

La fama de la aterradora “puerta” del templo fue aumentando con el tiempo, convirtiéndose en un misterio en sí misma, glosado por autores de la antigüedad como Estrabón o Plinio el Viejo, que intentaron encontrar una explicación, llegando todo lo más a constatar que allí se percibía como una corriente de aire que venía del fondo interior y que llegaron a denominar el “aliento de Hades”.

Con toda esa información, no era de extrañar que el templo y su zona circundante fueran evitados todo lo posible por los habitantes de la ciudad.

Qué era lo que producía tal mortandad y si realmente tenía que ver con los dioses del inframundo fue algo que permaneció en el misterio durante siglos, hasta que ahora, equipos de científicos creen haber encontrado la causa.

Las primeras pesquisas comenzaron allá por 2013, cuando el profesor Hardy Pfanz, biólogo de la universidad alemana de Duisburg-Essen, viajó hasta Pamukkale con un grupo de especialistas.

Contaba en su día que al llegar quedaron asombrados al ver gran cantidad de animales muertos en las inmediaciones de la siniestra oquedad:

«…Vimos decenas de criaturas muertas alrededor de la entrada: ratones, gorriones, mirlos, muchos escarabajos, avispas y otros insectos. Entonces, supimos de inmediato que las historias eran ciertas…»

Ante la evidencia de que desde luego allí algo pasaba, se pusieron manos a la obra intentando hallar una explicación científica, si la había, para tan mortal fenómeno.

Gracias a sus investigaciones, sabemos ahora que lo que trae la muerte en el templo de Plutón y más concretamente en su puerta del infierno, no es el maligno aliento de Hades, sino algo más natural, pero igualmente letal.

Los análisis han podido constatar que en el subsuelo, bajo el templo, hay fisuras. De hecho la ciudad se construyó sobre una falla de unos 35 kilómetros en la que se encuentran no pocas grietas.

Por ellas se filtra dióxido de carbono hacia la superficie desde la corteza terrestre y lo hacen en una concentración tan brutal que resultan mortales para todo lo que se acerque, ya sean insectos, mamíferos o aves.

Se piensa que es posible que los antiguos habitantes hasta conocieran el hecho de las fisuras, aunque no tuvieran la precisión científica de su identificación, de tal forma que relacionándolo con el inframundo, ubicaran precisamente ahí el templo

Pensemos que en el aire se puede encontrar aproximadamente como un 0,05% de dióxido de carbono, mientras que en la salida de la puerta del infierno se ha medido hasta un 80% de nivel.

No es de extrañar por tanto que hasta una simple mariposa que pasara por allí cayera fulminada ante una concentración de gas tan extraordinaria.

Sin embargo, habiendo resuelto por lo que parece el misterio principal del lugar, se planteaba ahora otro derivado ya que entonces habría que saber por qué los antiguos sacerdotes hacían allí sacrificios de animales que invariablemente morían, mientras que ellos conseguían volver a salir.

Sobre esto, los científicos aportan también sus explicaciones. En primer lugar habría que notar que las fosas nasales de por ejemplo un toro, pueden llegar hasta unos 70-80 cm, por lo que absorben mucho más gas que un humano, además al estar situados más bajos, la concentración es todavía más letal, por eso podría ser que el toro caiga antes incluso de que el humano empezara a notar síntomas.

Se piensa que los sacerdotes, sin conocer las causas científicas, bien pudieran haber observado a la larga estos detalles y acabaron por perfeccionar la técnica de estar el tiempo justo para hacer el sacrificio y no resultar ellos también afectados, pudiendo incluso haber utilizado la técnica de aguantar la respiración lo más posible.

También se ha observado que el peor momento para acercarse a la puerta es el amanecer, puesto que durante la noche se acumula una mayor cantidad de gas, que por la acción del sol se disipa algo durante las horas de luz.

Seguramente los sacerdotes también pudieron haberse dado cuenta de este aspecto aunque como decimos  no lo pudieran interpretar científicamente, aprovechando esos momentos del alba cuando los animales deberían caer más rápidamente y darles a ellos por tanto algo más de margen para salir con bien.

Sea como fuere, hoy en día, la mayor parte del templo se encuentra cercado y no se permite el acceso, si bien se habilitó una pasarela que lo circunda para darle a los visitantes la oportunidad de observar el enclave, eso sí, sin acercarse de forma peligrosa a la puerta del infierno y su gas mortal.

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