Hay una familia de rapaces nocturnas conocidas como estrigiformes y cuyo representante más reconocible en España es el cárabo común (Strix aluco).

Si sois observadores, os habréis fijado que tanto en el nombre de la familia como en el científico parece existir una raíz común. Efectivamente así es y ahora os voy a contar cuál es su procedencia y la criatura que origina esa coincidencia.

Para ello tenemos que viajar en el tiempo y remontarnos a la época antigua, a las historias de la prolífica mitología griega.

Entre las muchas deidades que poblaban su universo, nos fijaremos hoy en la diosa Artemisa, aunque no es ella especialmente la destinataria final de nuestra atención, sino alguien de perfil más modesto como era una de las vírgenes de su séquito, la bella Polifonte.

Hija de Hipónoo y de Trasa, tenía un marcado carácter rebelde para su época, que le hacía despreciar a los hombres y como consecuencia de ello tampoco creía en el amor ni el matrimonio. Por ello, cuando sus padres decidieron llegado el día en que debía desposarse, huyo a los bosques para vivir oculta.

Sin embargo, esa actitud no fue en absoluto del agrado de la diosa del amor, Afrodita, que como castigo la hechizó para que se enamorara nada menos que de un oso. En contra de lo que podía parecer, esa unión contra natura fructificó y Polifonte dio a luz a dos hijos de esa relación, a los que llamó Agrios y Orios.

La vida no se reveló fácil para la pareja, puesto que a pesar de estar sanos tenían un aspecto monstruoso y debieron continuar ocultos en la espesura del bosque junto con su madre, para evitar la repugnancia que despertaban entre los escasos humanos que los vieron y vivieron para contarlo.

Sí, porque al parecer y por sus duras condiciones de vida, cuenta la historia que la familia se vio obligada a cazar para sobrevivir y entre sus presas también estaba cualquier persona desprevenida que pudieran sorprender.

Cuando esas noticias llegaron a oídos del propio Zeus, dicen que enfureció porque los tres practicaran el canibalismo con los humanos y decidió eliminarlos. Sin embargo, otro mítico personaje del Olimpo, el famoso dios de la guerra Ares, decidió en esta ocasión no hacer honor a su fama y se compadeció de los desdichados.

Por ello y para burlar la furia de Zeus, realizó un encantamiento para transformar a la familia en una suerte de aves de presa. Ese fue el origen de la estirpe de otro fabuloso ser, que nos permite ya volver al principio. Hablo de la temible Estirge (También Strix).

Es precisamente del nombre de esta criatura de donde salen las denominaciones científicas del grupo de aves actual que citaba al inicio: los estrigiformes.

¿Pero qué eran las estirges? Pues lo cierto es que los detalles son bastante terroríficos y obviamente algo tienen que ver con el título de la entrada.

Su presencia que ya vemos desde qué época viene, continúo en el tiempo con los romanos e incluso llegó a la época medieval y su particularidad más horrible venía de su alimentación que no era otra que sangre fresca, con especial predilección por la humana, de ahí la analogía con el mito vampírico más actual.

Su aspecto era realmente imponente. La estirge era una criatura de gran tamaño con alas como las de un murciélago, maciza cabeza, garras sobredimensionadas en sus cuatro extremidades, unos aterradores ojos brillantes y sobre todo un brutal pico succionador más parecido a la trompa de un mosquito en tamaño gigante, que a lo que entendemos por un pico de ave habitual.

Sus agudos chillidos en vuelo en la oscura noche, helaban la sangre como preludio de que estaba a punto de atacar a algún desventurado que no había buscado refugio con la suficiente rapidez. Gozaban además de unos muy desarrollados sentidos de la vista y el olfato que les ayudaban a encontrar a sus presas durante sus horas nocturnas de actividad.

Cuando una estirge atrapaba a su víctima se agarraba a ella como una lapa y era casi imposible despegarla de ella hasta que le había extraído toda su sangre sin dejar ni una gota. Eso hace que tras una de sus sangrientas comilonas queden hinchadas y perezosas.

Entonces buscan un árbol cercano para colgarse boca abajo, también al estilo de los murciélagos, en busca de un profundo sueño que puede durar hasta tres días seguidos. Ese era el único momento en el que el monstruoso ser era vulnerable, cosa conocida por los habitantes de sus zonas de distribución que si reunían el valor suficiente emprendían partidas para acabar con ellas, aprovechando ese período de debilidad.

Aunque en cualquier caso debían hacerlo con sumo cuidado, porque estos seres eran sociables y lejos de vivir en solitario, establecían colonias familiares que podían sumar un buen número de individuos y abarcar territorios de varios kilómetros de extensión, que únicamente abandonaban cuando estimaban que habían acabado con las posibles reservas de presas, marchando entonces en busca de nuevas zonas en las que cazar.

Por ello, los humanos de las diversas épocas las mantuvieron bien presentes en su imaginario colectivo como feroces y terribles amenazas que llenaban de terror los solitarios caminos durante las horas de oscuridad.

No hay duda de que muchas características de estas criaturas y su comportamiento se verían luego reflejadas en los mitos vampíricos tradicionales que nos son más familiares y que todavía hoy nos llenan de pavor.

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