Ahora que existen tantas opciones y plataformas para el tiempo de ocio en televisión, no es aventurado decir que una de las categorías favoritas del gran público es la del género policíaco y por extensión de suspense.

Por ello seguro que la siguiente historia satisfará a los aficionados, pues contiene elementos de intriga y emoción similares a los de las grandes producciones de streaming.

Es además un caso de rabiosa actualidad pues sus claves se han descubierto hace pocos días en la ciudad de Palma, epicentro de los hechos.

Todo había comenzado unas pocas semanas atrás cuando los residentes del popular barrio de la Soledad comenzaron a sufrir una serie de incidentes.

En concreto se trataba de pequeños robos, especialmente de joyas y objetos parecidos, que las personas tenían en diversas estancias de sus domicilios y que desaparecían de la manera más misteriosa.

A medida que los vecinos afectados aumentaban, no se pudo evitar que una cierta sensación de alarma se extendiera por el barrio, ante el temor de que las cosas pasaran a mayores.

Puesta sobre aviso la policía, comenzaron sus discretas indagaciones en busca del o los habilidosos y sigilosos cacos, pero no había manera de encontrar pistas utilizables.

Sobre todo porque no había indicios reales del uso de fuerza alguna en las viviendas, por lo que tampoco había denuncias formales, lo que no era algo que facilitase la labor policial.

Los vecinos estaban cada vez más preocupados, pues los objetos desaparecidos tenían para muchos de ellos valor sentimental y más allá de lo económico eran pérdidas importantes, aunque no tuvieran ni idea de cómo habían podido serles sustraídos.

Por ello, la inquietud, a la par que el misterio, fueron creciendo en la barriada mientras aparecía algún nuevo caso igual de desconcertante.

Al final, hasta se empezaron a dar situaciones embarazosas entre ellos pues de alguna manera se desconfiaba de cualquiera, ya que lo sigiloso de los robos permitía deducir que el o los autores tenían un conocimiento exhaustivo de la zona, pudiendo ser residentes como los demás.

Lo que nadie imaginaba era el desenlace que la historia iba a tener, además de una manera casual que si se hubiera producido mucho más tarde todavía habría hecho que la psicosis vecinal hubiera sido superior.

Unos niños que jugaban por la calle, se convirtieron en los involuntarios descubridores de la trama, cuando decidieron meterse en una casa abandonada de una de las calles del barrio.

Cual no seria su sorpresa cuando atraídos por unos brillos que se vislumbraban en una pequeña oquedad de una pared, descubrieron que allí almacenados se encontraban muchos objetos.

Joyas, cadenas, pendientes… Eran sin duda todos, o por lo menos la mayoría de las cosas que habían estado desapareciendo de las casas del barrio.

Los chicos se comportaron civilizadamente y corrieron a dar parte a sus mayores del descubrimiento.

Afortunadamente para el vecindario, se pudieron recuperar todos los objetos robados, devolviendo la tranquilidad a la gente, pero dejándoles con la enorme curiosidad por saber qué había sucedido.

Y en los días posteriores se pudo saber, pues estando ya sobre la pista se pudo determinar la secuencia exacta de los hechos y descubrir al único culpable.

En efecto, todos los robos habían sido obra de un solo individuo, que desde luego no se parecía nada a lo que se esperaba, pues era peludo y tenía cuatro patas.

El causante de los desvelos vecinales había sido un osado gato callejero. Se pudo constatar que el inteligente animal era lo suficientemente ágil y hábil para colarse por cualquier resquicio que dejaran los humanos, como una ventana entreabierta, teniendo además la perspicacia de hacerlo cuando no estaban.

Una vez dentro deambulaba por las habitaciones en busca de los objetos brillantes que al parecer le atraían irremediablemente, para hacerse con ellos y salir tan sigilosamente como había entrado.

Después los llevaba a la casa abandonada que le servía de refugio y allí los almacenaba en su pequeño museo particular.

El porqué de su comportamiento tampoco se ha explicado del todo, pues nunca buscaba comida y aunque tampoco es extraño que los gatos cojan y guarden objetos como “trofeos”, no suelen alcanzar tal nivel de dedicación.

En cualquier caso, el gato, que atiende en el barrio por “Pancho”, lejos de ser mal visto, se ha convertido de hecho en una simpática celebridad y ahora hay más vecinos que le ayudan, aunque por supuesto sin perderle de vista por si vuelve a las andadas.

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