Hablaba en la anterior entrada de esos hechos que conocemos en ocasiones sobre el día a día animal y ponen a prueba nuestra capacidad de asombro por no corresponder con lo que entendíamos debía suceder.

Pues bien, algo parecido ocurre con la historia que os cuento ahora, documentada con precisión y que aunque viene a encuadrarse en un ámbito más zoológico, no deja de tener su punto de misterio por cuanto no era para nada esperada.

Me refiero a la reciente noticia que ha saltado a los medios mundiales sobre la investigación y experimentos de un grupo de científicos alemanes con una especie africana de mono.

Independientemente de la curiosidad de los resultados, para mí lo que aporta ese toque extra de misterio es la duda que nos plantea sobre qué más serán capaces de hacer, que otras capacidades no hemos descubierto todavía o incluso nos pudieran ocultar deliberadamente, a sabiendas de que no somos una especie del todo de fiar.

Pero vayamos a los hechos. El pasado 27 de mayo, un equipo de científicos del Centro Alemán de Primatología, encabezados por la investigadora Franziska Wegdell con el apoyo de sus colegas Julia Fischer y Kurt Hammerschmidt, publicaba los resultados de su serie de experimentos en la prestigiosa revista “Nature Ecology & Evolution”.

El equipo se encontraba investigando una especie que ya ha participado como invitada en más de un estudio, debido a su naturaleza despierta, inteligente y colaborativa y a ser también un mono de hábitos relativamente fáciles de observar por su modo de vida. Se trata del mono verde del oeste africano (Chlorocebus sabaeus).

Es este un primate de la familia de los cercopitecos, que habita en las sabanas y zonas limítrofes arboladas. De hábitos diurnos y familiares, suele alternar entre la seguridad de los árboles y el desplazamiento por el suelo, alimentándose de frutas y vegetales diversos, aunque no desdeña algún pequeño insecto si tiene la ocasión.

Se caracterizan también, como otras especies de monos, por crear fuertes vínculos entre los miembros de su grupo, que puede llegar a ser de decenas de individuos, siendo muy sociables entre ellos.

Todas estas características conjuntadas les han convertido, como decía, en una especie que no es la primera vez que se utiliza en algún estudio, como es el caso.

Los científicos alemanes estaban haciendo pruebas en concreto sobre la habilidad comunicativa de estos primates y cómo es de potente en cuanto a la capacidad para enfrentarse a nuevos retos. Cierto es que parece que no iban con una idea preconcebida y no esperaban sacar unos resultados muy significativos, desde luego no como los que obtuvieron.

Sabido es que los monos verdes disponen de un buen surtido de vocalizaciones que sin llegar a constituir palabras o frases, sí son lo suficientemente descriptivas para todos los ejemplares que las oyen y son capaces de darles un significado.

Entre estas, por supuesto, unas de las más importantes son las que tienen que ver con señales de alarma, por motivos obvios, pues atenderlas puede representar la diferencia entre la vida o la muerte.

Estos monos identifican con precisión a sus depredadores y cada grupo de ellos tiene asignado una vocalización concreta de alarma. Existen dos principales, una para señalar la presencia de predadores terrestres cuadrúpedos, principalmente leones semiadultos o solitarios y sobre todo, leopardos, que son sus principales depredadores y otra para predadores terrestres reptantes, es decir, serpientes, ya sean constrictoras o venenosas.

Al oír cualquiera de ellas, los individuos reaccionan de inmediato con comportamientos prefijados para ponerse a salvo de la amenaza y en función de cuál sea esta.

Sin embargo no poseen ninguna señal especial ante predadores alados, como las águilas, quizá porque en las zonas en las que coinciden no son una parte determinante del menú de esas aves y puede que hayan aprendido que no son una amenaza tan directa como un leopardo y les asignen un nivel menor de peligrosidad.

Sea como fuere, los científicos se propusieron valorar qué ocurriría si ellos introdujesen una posible amenaza aérea, para la que los monos no disponían de aviso.

Para ello eligieron un grupo de control formado por un total de 80 ejemplares y como elemento aéreo extraño y amenazante eligieron algo ahora muy de moda: un dron.

Comenzaron entonces a realizar tandas de vuelos cercanos a los animales y además con trayectorias que pudieran hacerles pensar que esas extrañas cosas iban a atacarles, siempre eso sí, en la idea de que si observaban que sus experimentos perturbaban de tal manera a los monos que llegasen a ponerles en riesgo, abandonarían.

Como era de esperar, las primeras incursiones trajeron un pequeño caos pues los primates se vieron totalmente sorprendidos por la presencia de aquellas extrañas cosas voladoras que tanto ruido hacían y completamente desconocidas para ellos, por lo que no podían saber el grado de amenaza real que representaban.

Eso produjo estampidas desordenadas y una gran confusión entre los individuos, que sin embargo y para sorpresa de los investigadores, pronto comenzó a derivar en algo completamente diferente.

Para tampoco estar ahora mucho tiempo describiendo cada paso de la investigación, resumiré diciendo que, tras varios días de pruebas, los investigadores se dieron cuenta de que los individuos dominantes habían cambiado su comportamiento.

Los observadores comprobaron que, como por arte de magia, cuando comenzaban a oír que se aproximaban los drones estos individuos ya no huían alborotadamente, sino que se lanzaban a emitir lo que a todas luces parecía una nueva señal de alarma, diferente a las que tenían ya en su repertorio.

Por si eso no fuera lo suficientemente misterioso y sorprendente, mejoró todavía con lo que empezó a pasar a continuación y es que en apenas un par de días más, el resto de individuos aprendió a reconocer la nueva señal y su significado, de tal forma que en cuanto alguno la emitía, el resto, ahora ya con orden y precisión, corría a ponerse en algún lugar a cubierto de las alturas.

De esta forma, los monos, para asombro de los científicos, demostraron que en tan escaso tiempo habían logrado interpretar y valorar un factor desconocido y en función de eso crear, asumir, comprender y agregar a su conocimiento colectivo, una forma específica de comunicar ese extremo en beneficio de todo el grupo.

Pero todavía había una sorpresa adicional que de nuevo puso a prueba la capacidad de asombro de los investigadores que ni por asomo esperaban unos resultados tan impresionantes.

Resulta que estos simpáticos monos tienen en el otro lado del continente un primo similar, se trata del cercopiteco verde oriental, también llamado vervet (Chlorocebus pygerythrus), que como decimos es casi un calco de los primeros, presentando únicamente algunas ligeras diferencias.

Por supuesto estos animales también disponen de sus señales y curiosamente ellos sí disponían de una para advertir de predadores alados, pues en su zona de distribución las águilas africanas sí se muestran más propensas a tenerles en cuenta en su menú y son para ellos una amenaza más cotidiana.

Pues bien, lo singular es que la señal que los monos del Este ya tenían para advertir de una amenaza aérea, resultó ser prácticamente igual en su forma y tono a la nueva que los monos del Oeste desarrollaron ante la presencia de los drones.

Es decir, que ante una necesidad comunicativa concreta, poblaciones separadas de especies emparentadas pero diferentes, habían ido por el mismo camino y creado una solución casi idéntica.

Cuando todos estos resultados perfectamente documentados han sido publicados, se ha abierto en la comunidad científica toda una serie de fascinantes cuestiones sobre la evolución de la comunicación y sus posibilidades de desarrollo reales y ante fenómenos similares, en diferentes zonas geográficas y diferentes grupos de individuos o incluso especies.

Es un misterio hoy en día, cómo podemos hacer que se produzcan trasformaciones en ese proceso por medio de nuestra intervención directa y hasta dónde se podría avanzar, toda vez que al parecer, estos primates y quizá, por extensión, otros muchos, cuentan con una capacidad innata mayor de la que les otorgábamos.

Son misterios que ahora quedan sobre la mesa y que irán seguro dando pie a nuevos estudios quién sabe con qué resultados futuros.

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