San Agustín (Saint Augustine) es una ciudad del condado de San Juan, dentro del norteamericano estado de Florida.

Fundada en septiembre de 1565 por el explorador español Pedro Menéndez de Avilés, es la ciudad de origen español y europeo más antigua del territorio continental, habitada de forma permanente, contando actualmente con unos 15.000 habitantes.

En esta ciudad circula una historia que se ha reproducido a lo largo del tiempo, si bien es cierto que no hay fuentes accesibles en los que confirmar los detalles precisos y exactos.

No obstante, el relato que os contaré ahora sí es absolutamente similar en las primeras muestras que he podido rastrear. Yo me limitaré a contaros la historia con los datos conocidos.

Al parecer, sobre 1991 un recién llegado a la ciudad comenzó a trabajar como chef en una cafetería local. Logró encontrar un apartamento lo suficientemente cercano como para poder desplazarse a pie a su lugar de trabajo y esa era su rutina diaria.

Una noche, cuando salía de su turno encontró un bonito gato que el hombre describió como del aspecto de un gato himalayo de pura raza.

Le hizo unas carantoñas y el felino le siguió andando durante el camino de vuelta a su casa, de algo menos de un kilómetro, pero ese día no le dio mayor importancia.

Pero a la noche siguiente, el gato estaba de nuevo a la puerta de la cafetería y repitió el paseo. Eso comenzó a pasar día tras día.

El hombre se fijo que el animal llevaba un collar con una inscripción en la que ponía “Mr. Jeeves”, por lo que entendió que debía ser un gato de la zona.

Viendo el percal y dado que a nuestro hombre le había caído en gracia el minino, comenzó a sacarle comida al salir, que el animal devoraba con ganas.

Según contaba el chef posteriormente, así estuvo fácilmente más de diez semanas y lo cierto es que todos los días esperaba con ganas el encuentro con su amigo gatuno.

Sin embargo, la historia cambió abruptamente de registro un día que fua a pagar a su casero. Esa vez, entre comentarios sociales, al chef se le ocurrió contarle la historia de Mr Jeeves y sus encuentros diarios.

Al instante, el semblante de su casero cambió por completo. Con la mayor seriedad e incluso una expresión de terror en su rostro, le dijo que allí no volviera a mencionar al gato y que la conversación había terminado.

Avergonzado, pero sin saber qué había hecho, el hombre terminó de pagar y se fue apresuradamente no sin preguntarse internamente que había presenciado.

La inesperada y desconcertante respuesta le vino un par de semanas después cuando se tropezó con una vecina mayor en la escalera y está le comentó: “Así que tú también le das de comer a Mr. Jeeves”.

Lleno de curiosidad, el hombre preguntó qué pasaba con ese gato y porqué su casero había tenido esa reacción al mencionarlo.

La historia que le reveló su vecina, le puso todos los pelos de punta. Según le dijo, 17 años atrás sus caseros tenían una hija con 11 años entonces. La niña tenía un precioso macho himalayo al que llamaba Mr. Jeeves, estando niña y gato especialmente unidos.

Todos eran felices, pero la tragedia les iba a golpear sin previo aviso. Un día jugando la niña salió corriendo del edificio junto al animal, teniendo la mala fortuna de que justo en ese preciso instante un camión pasara por allí, atropellando fatalmente a ambos.

El funeral reunió a todos los apenados vecinos y familiares. Los padres, dado lo unidos que estaban niña y gato, decidieron enterrarlos a ambos en el mismo ataúd.

Unas semanas después, comenzaron a circular rumores por el vecindario que hablaban de que algunos residentes habían tenido encuentros con un gato que todos identificaban con Mr. Jeeves.

A esas alturas, el chef estaba pálido por el asombro y el desconcierto. La señora le preguntó además si el gato había llegado a entrar alguna vez en su apartamento.

El hombre cayó en la cuenta de que efectivamente, aunque le seguía hasta el mismo umbral de su casa no llegó a entrar ningún día incluso dejando él la puerta abierta. Simplemente retrocedía sobre sus pasos y se marchaba de nuevo.

La señora, que al parecer también había llegado a ver al animal, le comentó que pensaba que por alguna razón el gato no podía entrar en los apartamentos.

El hombre, venciendo su aprensión, pero confiando en el fantasmal minino, de hecho, intentó que el gato entrara en su piso en los días siguientes, pero efectivamente el animal parecía tener allí una frontera invisible que no podía traspasar.

Tampoco consiguió coger nunca en brazos al gato. El felino simplemente se alejaba un poco cada vez que lo intentaba.

Como nota curiosa adicional, parece que nuestro chef intentó también dejar constancia de sus encuentros con Mr. Jeeves y a tal fin compró una cámara desechable con la intención de obtener alguna imagen que pudiera ayudarle a demostrar su historia.

Sin embargo, nunca lo consiguió en el tiempo que siguió viendo al gato, puesto que este parecía intuir la jugada y cuando el hombre se acercaba con la cámara se mantenía sistemáticamente en las zonas más oscuras sin darle la posibilidad de sacar nada visible.

Únicamente en una ocasión acabó convencido de que había logrado fotografiarle, pero cuando llevó el carrete a revelar, no apareció ni rastro del gato, tan solo la calle vacía.

El chef siguió acompañado por el gato un par de meses más, hasta que una noche ya no apareció y no lo volvió a ver nunca.

Parece ser que contó su historia tiempo después a un medio local, desde donde fue replicada posteriormente.

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