Puede que os resulte algo extraño el título de esta entrada, aunque quizá para algún lector nórdico no lo sea tanto.

No porque estos mamíferos pinnípedos puedan serles más familiares si no porque es posible que puedan adivinar de dónde viene dicho título, en qué se inspira.

El caso es que ese emparejamiento tan aparentemente poco lógico de focas y humanos es algo bien arraigado en el folklore tradicional de origen céltico y por extensión nórdico.

Estoy hablando del mito legendario de los Selkies, “gente de las focas” en dialecto antiguo, criaturas misteriosas que se pueden englobar dentro de la más amplia categoría de los seres cambiantes.

Éstos tendrían el poder y la capacidad del teriomorfismo, es decir cualquier transformación de un ser humano en otro animal, ya sea total o parcialmente, incluyendo también el proceso inverso.

Pues ni más ni menos es lo que sucede con los selkies, capaces según las leyendas de cambiar su aspecto de foca a humano y viceversa, si bien con algunos matices importantes, que son los que dan cuerpo a la fuerza de la historia.

Veamos. La tradición nos explica que desde su forma original de foca, podían llegar a tierra y allí deshacerse de su piel para adoptar forma humana, mientras escondían entre las rocas su antigua piel de foca.

Además, no se transformaban en personas normales y corrientes si no que se convertían en hombres o mujeres de increíble belleza.

En el caso de las selkies hembras, aprovechaban la cobertura de la noche para sus correrías y podían buscar algún hombre que les gustara, para bailar y beber junto a él hasta la llegada del nuevo día, momento en el que se escabullían hasta el mar y tras recuperar su piel retornaban a las aguas de las que llegaron.

Ese comportamiento era más frecuente cuando había festejos en los pueblos humanos y especialmente en las noches de luna llena.

Al parecer, si después de su partida ese hombre se dedicaba a esperarla en las siguientes lunas llenas en el punto dónde desapareció, podría conmoverla y hacer que volviera alguna noche más para un nuevo encuentro.

En el caso de los selkies machos, buscaban mujeres insatisfechas con su vida y se dice que si una quería contactar con uno de ellos, debía arrojar al mar siete lágrimas propias para atraer su atención.

Ahora, hay una parte de la leyenda que podríamos considerar menos amable y habla de lo que ocurre cuando algún humano llega a encontrar la piel oculta de algún selkie.

Entonces, podrá tomar el control de la criatura, que se someterá a lo que desee su nuevo dueño. Se dice por ejemplo que las doncellas así obligadas llegan a convertirse al final en excelentes esposas, o maridos en el caso contrario, si bien esto último parece mucho menos frecuente.

Pero de todas formas, estos seres siempre conservarán una especial melancolía recordando su origen y el mar del que llegaron.

Por ello, por mucho tiempo que haya pasado, si al final el selkie humanizado lograra encontrar de nuevo su piel, no tardará en desaparecer de nuevo en el mar, abandonando todo lo que tuviera en su tiempo de vida terrestre, incluso hijos si los hubiera tenido con algún humano, para no regresar ya jamás.

Queda todavía lo que sería el punto más inquietante de esta leyenda y es que si en esa tesitura de encontrar de nuevo su piel de foca el selkie hubiera tenido una mala vida durante el tiempo que estuvo en tierra firme, porque el humano que tuvo su piel no se portó bien y fue malvado, el ser no lo dejará estar.

Antes de su partida se vengará de una manera sangrienta feroz y letal del humano que no se comportó como hubiera debido y nadie en el pueblo quedará con ganas de repetir su comportamiento.

Hay de hecho algunas leyendas más concretas que hablan de casos particulares, como la referida a la población marinera de Mikladalur, perteneciente a las islas Feroe.

Cuenta cómo un joven agricultor se ocultó una noche en la playa para ver bailar a los selkies transformados, bajo la luz de la luna.

Con sigilo logró robar la piel de la más hermosa que no tuvo más remedio que casarse con él. El hombre mantenía su trofeo en un cofre bajo llave, que llevaba siempre encima, para asegurarse que ella siguiera a su lado.

Hasta que un día al lavarse se le olvidó cogerla y cuando estaba pescando en su barco, se dio cuenta de que no la llevaba. Volvió a tierra a toda velocidad, pero descubrió la caja abierta sin la piel y su mujer había desaparecido.

Enfurecido, el hombre rastreó en el mar a los selkies y acabó matando al marido e hijos de la que había sido su mujer.

Ella juró venganza sobre los hombres de Mikladalur, maldiciendo a todos para que se ahogaran o cayeran de los acantilados hasta que hubieran perdido tantos como para que tomados los caídos de los brazos unos junto a otros, se pudiera rodear toda la isla de Kalsoy.

Todavía hoy, cuando se produce alguna muerte accidental en la isla se dice que forma parte de la venganza de la selkie.

La historia está tan grabada en el imaginario colectivo de la zona, que en el puerto de Mikladalur se levanta una imponente estatua de 9 metros, que representa a aquella selkie legendaria.

Estos seres también has inspirado películas de cine modernas, como por ejemplo la que aquí se llamó “Ondine. El secreto del mar”, protagonizada por Colin Farrell y dirigida por Neil Jordan.

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