Todos conocemos historias de comportamientos maravillosos de mascotas hacia sus dueños, o hasta de animales salvajes con humanos, aunque eso no hace que en no pocas ocasiones nos preguntemos cómo es posible.

Porque en bastantes de ellas observamos actitudes que superan las propias de la fidelidad o el instinto, para mostrar más bien una inteligencia o percepción extra que quizá no esperaríamos.

Por supuesto, en momentos decisivos por su gravedad esos hechos se muestran con más intensidad, como sucedió en la historia que os vengo a contar.

Debemos trasladarnos a la Segunda Guerra Mundial y en concreto a la época del feroz asedio a la ciudad de Leningrado, hoy San Petersburgo, por parte de las tropas alemanas en el otoño de 1941.

Los animales no fueron ajenos al protagonismo en aquellos terribles momentos. Si recordáis ya hemos hablado de este momento de la historia en alguna otra entrada. (Por ejemplo en https://www.misterioanimal.com/maullidos-guerreros).

Pero en esta ocasión, quería centrarme en un individuo en concreto, en un intrépido gato para más señas, que se ganó el cariño y el recuerdo incondicional de su familia humana.

La historia nos ha llegado a través de las páginas del libro “Últimos testigos. Los niños de la Segunda Guerra Mundial”, de la escritora bielorrusa Svetlana Aleksiévich.

En sus líneas y a través de la nieta e hija de las otras protagonistas de los hechos vividos, nos cuenta las peripecias del gato “Vaska”, que se convirtió en auténtico ángel de la guarda de las tres mujeres en aquellos infernales meses.

El minino era un inteligente felino atigrado de color anaranjado, al estilo del famoso “Garfield”, que vivía con la abuela, su hija y su entonces pequeña nieta, pues los hombres de la familia habían marchado al frente y no se supo más de ellos.

En lo peor del asedio, la gente acabó comiéndose todo lo que caía a su alcance, pero las buenas mujeres jamás pensaron en acabar con su gato, pues para ellas era uno más de la familia.

Lo admirable es que en aquella situación límite, Vaska pareció entender que debía hacer algo. Y lo hizo. Todos los días afrontaba con decisión el riesgo de salir a la calle, con las armas y otra gente hambrienta al acecho, pero el noble animal asumió ese deber.

Con todos sus instintos de cazador en plenitud, no había día en el que a pesar de la escasez reinante, no lograra atrapar algún pájaro o roedor, pero lo más asombroso de todo es que no lo devoraba, como hubiera sido perfectamente lógico, sino que lo llevaba a casa y se lo entregaba a la abuela.

Ella entonces cocinaba lo aportado por Vaska y comían ellas tres, sin olvidarse de dar su ración al bueno del gato, que esperaba pacientemente su turno.

Así, sobrevivían día a día. En palabras de la narradora original, la nieta, su abuela siempre le afirmó que si ellas lograron sobrevivir en tan duras condiciones, fue sin duda por su gato Vaska y que sin su ayuda no lo habrían logrado.

Pero es que por si eso no fuera suficiente, el animal les salvó la vida directamente en dos o tres ocasiones presintiendo bombardeos alemanes.

En una de ellas en particular, el gato comenzó de improviso a mostrarse sumamente nervioso y a maullar insistentemente al tiempo que intentaba por todos los medios que le abrieran la puerta. Cuando lo hicieron, salió, pero tan solo para comenzar a llamar a las mujeres con desesperación, al punto de que las tres le hicieron caso y salieron hasta el otro lado de la calle, con el tiempo justo de que un obús cayera enfrente y reventara la estancia en la que estaban hasta unos instantes antes.

Tras eso tuvieron que buscar un hueco en un refugio y por supuesto las mujeres se negaron a entrar si no dejaban quedarse con ellas a su gatuno salvador.

De día Vaska seguía cazando lo que podía y de noche continuaba ayudando puesto que se acurrucaba junto a las tres mujeres en la única manta que tenían y les daba calor y arrullaba con sus ronroneos.

Ellas también lo protegían de las otras gentes y lo cuidaban lo mejor que podían. La abuela siempre lo acariciaba agradecida diciendo “Eres nuestro sostén”.

Así se acoplaron las siguientes semanas, que se hicieron meses, mientras el gato seguía intentando proteger a su familia. Pero la cosa había ido a peor. Cada vez quedaba menos comida de cualquier tipo en la cercada ciudad y de hecho el pobre animal estaba bastante débil hasta el punto de que ahora le resultaba difícil cazar.

Pero entonces, la también brava abuela, tuvo una idea y se asoció a Vaska. Ahora eran los dos los que afrontaban el peligro. Ella intentaba atraer algún animalillo con las escasas migas de pan de las que podía disponer y se ocultaba. Cuando alguno aparecía, Vaska entraba en escena, pero como estaba débil para cazar a la presa, simplemente la sujetaba para que no escapara y entonces la abuela salía de su escondite para rematar la faena.

Gracias a eso, todavía pudieron resistir hasta que por fin el bloqueo fue eliminado y los suministros comenzaron a llegar de nuevo.

Las buenas mujeres pudieron comenzar a rehacer su vida de la mejor manera que pudieron, intentando dejar atrás todo el horror vivido y pudiendo hacer una vida más normal en los siguientes años.

Finalmente, en 1949, el fiel Vaska murió. Con gran tristeza, las mujeres lo enterraron en un lado del cementerio local junto a la tapia y para que nadie hurgara en su tumba, la abuela hizo una cruz y escribió en ella “Vasily Bugrov” como si allí hubiera enterrada una persona. Únicamente ellas conocían el secreto.

Posteriormente, cuando la abuela murió, la madre de nuestra narradora decidió que no había mejor lugar para enterrarla que junto a Vaska, así que eso hicieron. Años después, también ella murió y fue la nieta, la que no tuvo dudas de qué debía hacer, enterrando a su madre en el mismo lugar.

Según sus palabras, ahora los tres, gato, abuela y madre, yacen juntos bajo una misma manta, tal como hicieron tantas noches durante la guerra.

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