Como complemento a la entrada anterior, “Gatos Psi”, hablaré en esta ocasión de una teoría estructurada a partir de otra curiosa particularidad de perros y gatos y estudiada sobre todo en estos últimos.

Dr. J. B. Rhine.Hablo del Psi Trailing (Rastreo Psi), término acuñado por el famoso Dr. Joseph Banks Rhine (1895-1980), habitualmente nombrado como J. B. Rhine, considerado en muchos aspectos como el padre de la Parapsicología moderna.

La historia que desemboca en la mencionada teoría había comenzado años atrás.

J. B. Rhine y su esposa Louise, ambos recién graduados, eran seguidores del psicólogo de origen inglés aunque afincado también en los Estados Unidos, William Mc. Dougall (1871-1938), quien tuvo una gran influencia en la cultura especializada de la época por sus contribuciones en el desarrollo de la teoría de los instintos.

El Profesor Mc. Dougall fue fichado a finales de la década de 1920 por la Universidad de Duke, en Durham, Carolina del Norte, para su departamento de Psicología.

Ese hecho haría que por su parte el matrimonio Rhine, tras meditarlo juntos decidieran aprovechar una posibilidad que se les presentó para seguir a Mc. Dougall y por ello acabaron recalando también en Duke.

Sería iniciado 1930, cuando la Universidad decidió aportar los fondos y estructura necesarios para poner en marcha el que sería el primer laboratorio universitario dedicado al estudio de los fenómenos parapsicológicos y que a la postre llegaría a convertirse en legendario.

Dr. Mc. Dougall.La idea había sido gestada e impulsada por el profesor Mc. Dougall, que no cejó en su empeño hasta hacerla realidad. Fue el propio profesor el que decidió que la persona idónea para dirigir el laboratorio era el Dr. Rhine. De hecho fueron ellos dos mismos los que también acuñaron la palabra genérica “Parapsicología” para referirse en su conjunto a las diversas materias que pensaban estudiar.

Bajo la coordinación de J. B. Rhine, en los años siguientes la fama del laboratorio de Parapsicología de la Universidad de Duke fue creciendo sin parar mientras desarrollaban todo tipo de experimentos en el afán de acercarse a la posibilidad de descifrar qué había detrás de tantos y tantos hechos que la ciencia de entonces, y aún la nuestros días, no era capaz de explicar.

Fenómenos como la telepatía, la telequinesis, la adivinación, el espiritismo y otros muchos comenzaron a formar parte de las instalaciones universitarias, rompiendo en muchos casos, todo hay que decirlo, los esquemas de los más puristas.

No voy a entrar aquí a hablar en detalle de la multitud de estudios que el famoso laboratorio produjo en aquellas primeras décadas, pero si quisiera centrarme en un aspecto concreto del amplio abanico de materias investigadas por el Dr. Rhine y su equipo, por tener una relación directa con el espíritu que como sabéis impulsa Misterio Animal y que no es otro que la relación entre el mundo de lo desconocido y los animales.

J. B. Rhine siempre se había interesado por el mundo animal y como consecuencia también acabó preguntándose qué relación podrían tener los animales con la Parapsicología. Esa idea de base fue el germen de una vasta serie de investigaciones coordinadas por su laboratorio que con los años se convertiría en un impresionante archivo donde llegaron a recogerse más de 500 casos de conductas animales que parecían sugerir la presencia de alguna capacidad Psi.

Dentro de dichas conductas aparecieron numerosos casos de ejemplares que habiéndose perdido lejos de sus casas fueron capaces de regresar a ellas, cosa que sigue sucediendo por supuesto hoy en día como recientemente pudimos comprobar cuando los medios se hicieron eco de la historia de Jack Richter y su mujer Bonnie junto con su gata “Holly”, una preciosa Tabby de 4 años.

Su aventura tuvo lugar en Noviembre del pasado 2012. El matrimonio Richter decidió ir a pasar unas vacaciones a la conocida Daytona Beach, en Florida. Ya habían estado allí en alguna otra ocasión tiempo atrás, pero esta era la primera vez que volvían en su auto caravana acompañados de Holly. Sin embargo una noche comenzaron los problemas pues a causa del lanzamiento de unos fuegos artificiales en las cercanías, la gata se escapó asustada.

Durante los siguientes días ambos convirtieron sus vacaciones en una frenética búsqueda sin descanso de su querida Holly. Colocaron carteles por toda la zona, avisando y solicitando la colaboración de las autoridades y llamando a muchas puertas particulares por si se hubiese refugiado en alguna propiedad.

Desgraciadamente llegó la fecha en la que debían volver sin remedio a su casa en Palm Beach, también en Florida, por lo que con gran dolor tuvieron que asumir la pérdida de su mascota y partir no sin antes haber dejado a un grupo de chavales de la localidad el encargo de que siguieran buscando con la promesa de recompensarles si finalmente conseguían encontrar a la gata.

Sin embargo, a los poco más de dos meses la señora Bárbara Mazzola, una vecina de una casa a tan sólo unas manzanas de la de los Ritcher, se sorprendió al encontrar en su jardín una mañana una gatita en bastantes malas condiciones, escuálida con síntomas de no haber comido ni bebido en días y con sus uñas desgastadas. La buena mujer rápidamente se ocupó de la gata pudiendo comprobar que era mansa y cariñosa. Le ofreció comida y agua como primera medida y la introdujo en su casa para darle calor junto a la chimenea.

No contenta con eso la llevó a un veterinario de las inmediaciones quien reconoció a la gata como Holly por haber estado allí en otras ocasiones y por si quedaban dudas, al cotejar los datos de su microchip comprobaron que en efecto era ella.

Holly y los Ritcher.Ni que decir tiene la alegría que se llevaron los Ritcher cuando recibieron la llamada desde el veterinario para que fueran a recoger a Holly. La gata había conseguido aún acabando al borde de la extenuación, recorrer los 320 Kilómetros que separaban Daytona Beach de su hogar en Palm Beach, aún cuando ella en concreto era la primera vez que había hecho ese viaje y aún cuando se trataba de volver a su casa original.

Pero sin embargo el Dr. Rhine pronto se dio cuenta en su día de que en este fenómeno de los viajes asombrosos había un amplio grupo de casos que compartían una característica aún más increíble. Era la que se producía de manera coincidente en aquellos animales que eran capaces de encontrar de nuevo a sus dueños cuando eran separados de ellos y no se trata aquí del hecho de que desplazados lejos de sus territorios habituales fueran capaces de volver a ellos, cosa quizá que aún tuviera mejor explicación por sentidos más desarrollados que los nuestros de olfato, vista o localización, sino que hablo de los casos en los que el “objetivo” a donde volver no era un punto geográfico por sí mismo, sino aquel en el que se encontrase su dueño, aún cuando al animal en cuestión no hubiese estado en el lugar geográfico jamás.

Al final se encontraron con tantos casos recogidos, que incluso su hija Sara que se hizo parapsicóloga, ha podido seguir estudiándolos. Fue precisamente al darse cuenta de la amplitud del fenómeno cuando el Dr. Rhine acuñó el término Psi Trailing para destacar esa capacidad que parecía dar a los animales la potencialidad de rastrear a sus amos estuvieran donde estuviesen, por medio de alguna facultad que más tenía aspecto de provenir de un plano extrasensorial.

Para poder dar un enfoque lo más científico posible a la casuística llegaron a diseñar un sistema de clasificación y puntuación de los casos recibidos para estudio, utilizando cuatro criterios principales: 1.- Confiabilidad de la fuente de información, 2.- Identificación inequívoca del animal, 3.- Coherencia y verosimilitud de los detalles de la historia y 4.- Pruebas confirmatorias adicionales como testimonios de terceros.

El propio J. B. Rhine personalmente se ocupó de investigar algunos de los casos. Uno de los primeros que le desconcertaron sobremanera ocurrió en 1952. Lo protagonizó un gato llamado “Sugar”.

El bueno de Sugar pertenecía a un hombre llamado Stacy Woods, a la sazón director de un colegio en la población de Anderson en California y llevaba ya cerca de 4 años con ellos. Por temas parece ser que laborales, los Woods hubieron de mudarse hasta el pueblo de Gage, en Oklahoma. Dado que el gato tenía terror a viajar en coche, con todo su pesar decidieron dejarlo en Anderson en la casa de un vecino con quien Sugar tenía una buena relación.

Lo increíble sucedió catorce meses después. Una tarde el matrimonio estaba en el establo de la granja donde vivían, según se dice la mujer estaba sentada ordeñando una vaca, cuando de repente desde lo alto del ventanuco del establo un gato apareció y saltó sobre la espalda de la mujer. Tras el sobresalto inicial ambos se dieron cuenta de que el gato tenía el aspecto y se comportaba igual que Sugar, por lo ambos comenzaron a bromear sobre el asunto, hasta que el señor Woods comenzó a inspeccionar con más detalle al animal y se dio cuenta de que no sólo es que fuera idéntico a Sugar ni que se comportara como el, sino que pudo ver asombrado que el gato presentaba la misma rara pequeña deformidad del hueso de la cadera izquierda con la que Sugar vino al mundo.

No fue hasta un par de días después, tras lograr contactar con su antiguo vecino en Anderson, cuando se enteraron que su fiel Sugar había desaparecido tan sólo tres semanas después de que ellos se mudaran y por supuesto nunca le habían vuelto a ver por Anderson.

No cabía duda alguna. El gato no podía ser otro que el intrépido Sugar. El animal había recorrido en esos 14 meses, por terrenos con gran variedad de accidentes geográficos y peligros y en los que jamás había estado, la distancia entre Anderson, California y Gage, Oklahoma, para alcanzar la friolera de 1.500 Millas (¡Casi 2.750 Kilómetros!) de viaje.

Según acababa reconociendo el Dr. Rhine en su análisis final, aún con lo que implicaba la hazaña de atravesar tantos territorios peligrosos, siendo como era Sugar un gato fuerte y vigoroso y buen cazador, sus cualidades felinas podían haber sido sin duda suficientes para explicar que hubiera podido sobrevivir y aguantar durante el trayecto. Lo auténticamente increíble según el Dr. y para lo que reconocía no tener una explicación científica aceptable era cómo demonios había sabido el gato qué dirección debía seguir en todo momento hasta encontrar de nuevo a sus dueños, teniendo en cuenta que se desplazó por unos terrenos en los que no había estado jamás. Pero es que ni siquiera sus dueños habían estado, pues es evidente que los recorridos que siguieron unos por carretera y el gato campo a través fueron muy diferentes.

Logo Universidad de Duke.Por supuesto, los casos estudiados por el equipo del Dr. J. B. Rhine también estaban protagonizados por otros animales, principalmente perros, pero también caballos, burros, aves o hasta reptiles. Incluso antes de que ellos comenzaran sus investigaciones ya se había producido algún caso con notoriedad en la prensa de su época, quizá el más famoso sea el que protagonizó el famoso perro renombrado como maravilloso Bobbie, ocurrida a caballo entre 1923 y 1924 y cuyo increíble viaje reflejé también en una entrada anterior de Misterio Animal (ver: http://www.misterioanimal.com/el-maravilloso-bobbie/).

Si me apuras todavía resultaba más anonadante la historia de “Joker”, un Cocker Spaniel, que reflejó profusa y detalladamente la prensa de entonces espoleada quizá también por la época en que se desarrolló y por el punto de ánimo que aportaba a quienes la conocían. Entenderéis esos comentarios si os digo que la aventura de Joker tuvo lugar en plena Segunda Guerra Mundial.

Su amo, el capitán Stanley C. Raye, fue llamado a filas y un día tuvo que abandonar su domicilio y lógicamente a su buen Joker, para acabar embarcando desde una base naval en Oakland, California hasta otra base, que para colmo era secreta, en un remoto archipiélago del Pacífico.

Con gran dolor dejó a su fiel can al cuidado de unos buenos amigos en Pittsburg, también en California, pero el perro en cuanto su amo se fue cayó en una depresión. Por un par de semanas casi no comía ni quería hacer nada. Hasta que un buen día parece que se despertó con otras ganas, como si hubiera tomado una determinación. Y lo había hecho, ya que esa misma tarde se escapó de la casa.

Pues bien el increíble Joker para empezar hizo la distancia de unos 54 Kilómetros que separa Pittsburg de Oakland y consiguió llegar hasta la base desde donde partió su amo, pero lo mejor viene ahora, ya que por absurdo que parezca logró burlar la vigilancia, penetrar en la base y ¡Atención! Entre todos los barcos que había, consiguió colarse como polizón en uno que iba a hacer escala en… ¿Adivináis? Efectivamente, la isla dónde estaba su amo.

A mitad de travesía fue descubierto y para que no lo lanzaran por la borda un marinero se ofreció a ocuparse de el durante el viaje. Hicieron escala en algunas islas y el hombre observó que el perro cuando se aproximaban a una se situaba nervioso en el extremo de la proa como si venteara o esperara una señal concreta, pero en poco menos de un minuto perdía el interés y volvía a su rincón.

Eso se repitió en cuatro escalas, pero la quinta era precisamente en la isla de la base secreta. En esta ocasión como en las anteriores, Joker se sitúo en su punto de observación, pero esta vez el marinero pudo observar que su nerviosismo era patente, comenzó a ladrar y a girar excitado y tan pronto el barco atracó corrió a la pasarela y desembarcó sin que el hombre pudiera pararlo.

Sumamente intrigado, a duras penas pudo seguirlo con un jeep desde el muelle y pudo ver cómo llegaba a la cercana base y sin dudar se dirigió hacia un barracón. En el interior un hombre se llevó la sorpresa de su vida cuando vio aparecer a Joker. Por supuesto no era otro que el capitán Raye. El marinero le puso al corriente de la historia y de inmediato el perro se convirtió en el héroe del campamento.

También fue estudiado por el Dr. J. B. Rhine otro caso protagonizado esta vez por una paloma mensajera en Summersville, Virginia Occidental, en 1940. Un muchacho llamado Hugh Brady Perkins había encontrado en su patio una paloma mensajera herida, probablemente de las que usaba entonces el Ejército. Tenía una anilla con el número 167. El chico la curó y la adiestró para que jugara con él y se hicieron inseparables.

Unos meses después y por una dolencia que arrastraba, Hugh tuvo que ser trasladado a un hospital que se encontraba a unos 180 Kilómetros, para ser intervenido. Lógicamente dejó a su amiga alada en el palomar sin que el ave tuviera la menor idea de su destino.

Pues bien, la noche siguiente a la intervención, en plena nevada pues era invierno, el chico oyó un repiqueteo en el cristal de la ventana de su habitación, tras llamar a una enfermera y comentárselo, ésta abrió la ventana y cuál no sería la sorpresa de ambos cuando pudieron ver una paloma entrar volando y posarse en el cabecero de la cama. Su anilla, con el número 167, no dejaba dudas sobre su identidad.

Edificio Psicología y Parapsicología. Duke.Pero para sorpresa del Dr. Rhine, que no esperaba tal cosa pues los gatos no le eran indiferentes y conocía un poco su manera de comportarse, aunque también parece ser que los veía con alguna que otra idea típica preconcebida, los casos protagonizados por gatos que iba recibiendo y que llegó a estudiar y comprobar con su equipo resultaron ser mucho más numerosos de lo que se habría atrevido a apostar.

Como por ejemplo cuenta la historia acontecida en 1949 de “Tommy”, que a pesar de necesitar año y medio consiguió volver a encontrar a su dueño cuando por trabajo tuvo que mudarse desde Seattle, Washington (el estado), hasta Palo Alto en California. Una distancia por la costa Oeste norteamericana de nada más y nada menos que unos 1.530 Kilómetros que el valiente gato recorrió guiado por algo que desde luego nadie pudo siquiera adivinar.

O como la historia de “Chat Beau” que tras cuatro meses de viaje en 1953, encontró a sus dueños que se habían mudado desde Lafayette, Louisiana hasta una nueva casa en la localidad de Texarcana, Texas, a aproximadamente 540 Kilómetros de distancia.

O también como otro increíble viajero gatuno, “Smokey”, que en 1952 fue capaz de culminar un recorrido que le llevo un año para volver a estar con sus dueños que por trabajo habían cambiado su residencia en Tulsa, Oklahoma, por otra en Memphis, Tennessee, a unos 750 Kilómetros.

Pero en las historias investigadas hay aún otras muchas igual de inexplicables, como podría ser la de Vivian Allgood y su querida gata “Li-Ping”. Vivian, enfermera de profesión, por un cambio de trabajo se vio obligada en Abril de 1955 a dejar su casa en Sandusky, Ohio, para mudarse a Orlando en Florida. Tuvo que dejar a su gata en Ohio al cuidado de su hermana, que vivía con ella. Una semana después de su partida la hermana le llamó con pesar para decirle que la gata se había escapado y había desaparecido.

Tres meses después Vivian iba paseando cerca de su nueva casa con otra compañera cuando entre los coches en la otra acera alcanzó a ver cómo un gato en muy mal estado físico salía de entre los coches y se alejaba. Sin saber porqué pero el corazón le dio un vuelco y aunque la cabeza le decía que no era posible, siguió su impulso y llamó al gato como si fuera la suya. Por increíble que suene, el gato que no había llegado a verlas, al oír “Li-Ping”, se detuvo en seco y se volvió.

Entonces, al ver a Vivian, cojeando pero todo lo deprisa que pudo, se fue derecha hacia ella y no sin dificultad saltó a sus brazos. La enfermera no daba crédito a lo que veía. Su amiga no podía creer que ese gato sucio, con heridas y en tan malas condiciones fuera la mascota de su amiga y pensaba que su sentimentalismo le estaba jugando una mala pasada.

Pero había un detalle que les terminó de sacar de dudas, Vivian explicó a su amiga que por alguna extraña peculiaridad física Li-Ping nunca había sido capaz de maullar plenamente, emitiendo tan sólo un rasposo maullido entrecortado tremendamente particular y reconocible. El mismo que el animal no paraba de producir mientras recibía los abrazos de su dueña, bañada en lágrimas.

Vivian consiguió que la gata se recuperara plenamente y pudieron así seguir disfrutando de su mutua compañía, pero jamás logró comprender ni quienes investigaron el caso tampoco, de qué manera la gatita había conseguido seguir su rastro para poder llegar de nuevo a ella tras un impresionante viaje de nada menos que unos 2.850 Kilómetros.

Aunque aún había un caso que superaba todos los records de distancia gatuna y del que el Dr. J. B. Rhine también tuvo conocimiento cuando sucedió en 1949 y pudo comprobar sus detalles como en el resto de casos. El intrépido gato protagonista recibía el nombre de “Tom” y sus propietarios eran el señor Charles B. Smith y su señora.

En aquel año debieron cambiar su residencia original en Saint Petesburg, Florida por otra nueva en la localidad de San Gabriel, en California situada a la friolera de unos 4.500 Kilómetros, cruzando el país de Este a Oeste.

Pensando que a lo mejor su gato viviría más feliz en la casa y el territorio que había conocido desde siempre y dado que el comprador de su casa, un hombre llamado Robert Hanson, era también amante de los gatos y estaba dispuesto a cuidarlo, el matrimonio decidió no sin dolor dejar a Tom allí.
Partieron para su nuevo hogar, pero pronto tendrían ocasión de preguntarse si habían hecho bien, pues como a las dos semanas el señor Hanson contactó con ellos para comunicarles que su gato había desaparecido.

Supongo que si habéis leído toda la entrada hasta aquí, a estas alturas os imaginaréis el final de la historia, aunque os siga pareciendo de todo punto increíble. Y acertaréis, pues lo cierto es que poco más de un año después los señores Smith reconocieron emocionados a su querido Tom en el gato que apareció en su porche una tarde. Esta vez aún con algunas muestras de no haberlo pasado bien, el aventurero gato había logrado encima mantenerse en no demasiadas malas condiciones después de su verdaderamente alucinante viaje cruzando el país, durante ¡4.500 Kilómetros!

Por descontado fuera de las concienzudas investigaciones del equipo del Dr. J. B. Rhine y también su hija Sara, han ocurrido y ocurren en épocas más modernas casos que siguen dando mucho que pensar, aún aunque no representen distancias tan brutales como el caso anterior.

Misele.Como podría ser la bonita historia que sucedió con un hombre francés de 82 años, de nombre Alfonse Mondry, en 1991. Por una enfermedad, tuvo que ingresar en un hospital en la localidad de Sarrebourg, en la región de la Lorena, de Francia. Este hospital estaba situado a unos 18 Kilómetros de la granja donde vivía.

Pues bien, el caso es que el señor Mondry tenía una gata de nombre “Misele” por la que tenía un gran aprecio que era a su vez compartido por el animal. Cuando vio como se llevaban a Alfonse la gata quedó muy triste, pero no se conformó con eso.

Al día siguiente Misele desapareció de casa. Imaginemos la sorpresa del bueno de Alfonse cuando a última hora de esa tarde oyó ruidos en la entreabierta puerta de su habitación y tras abrirse un poco más pudo ver cómo su querida Misele saltaba sobre su cama.

El animal había sido capaz de realizar el trayecto de 18 Kilómetros que por supuesto no había hecho jamás, teniendo que atravesar en el camino una peligrosa zona de pedregales, un bosque y nada menos que dos autopistas. No contenta con eso había sido capaz de encontrar el hospital, entrar en el mismo sin ser advertido ni por médicos ni enfermeras y localizar con precisión la habitación de Alfonse.

Cuando la enfermera que le llevaba la cena encontró al gato ronroneando en su cama y el señor Mondry le explicó todo, el personal del hospital quedó emocionado de tal forma que excepcionalmente permitieron a la valerosa gata que se quedara con Alfonse en su habitación mientras estuvo ingresado.

Por supuesto casos similares antiguos y actuales quedan ahora en el tintero, pero supongo que con los que he comentado hay más que suficiente para poder entender qué fenomenología representa el Psi Trailing y poder darnos cuenta de que aún estamos lejos de poder explicar convenientemente cuál es el motor que permite que tantos casos similares terminen de la mejor manera cuando en principio parecería que esa era precisamente la posibilidad más condenada al fracaso.

¿Qué extraña energía invisible une a los humanos con sus animales para que éstos sean capaces de rastrearla a través de la distancia y los peligros? ¿Y con qué sentido detectan esa energía? Por lugares desconocidos, montañas, ríos, autopistas, ciudades, siguiendo recorridos que ni siquiera eran iguales a los que hicieron los propios dueños y a través de distancias imposibles, pero logrando su objetivo contra todo pronóstico. Realmente es algo que escapa a cualquier interpretación lógica o tradicional.

Los viajes gatunos.

Afortunadamente, aunque nosotros no podamos comprender los mecanismos que se ponen en marcha y que se coordinan de una manera tan sublime, nuestros pequeños amigos animales son capaces de hacerlo y nos demuestran que en cualquier caso entre ambos somos capaces de crear algo grande que escapa a nuestros sentidos y nuestra razón, pero que para ellos es muy real. Lo que es seguro es que nuestras mascotas nos seguirán sorprendiendo con sus increíbles facultades y sus lecciones de lealtad.

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