Si hablamos de historias admirables con perros como protagonistas podríamos estar escribiendo sin parar, pues son incontables las que hemos conocido y más ahora en tiempos de las omnipresentes redes sociales.

Hoy os añado una más para los que no la conocierais, en las que otro can se ganó el respeto y la admiración de la armada de un país y por extensión sus gentes, gracias a su particular vida.

El relato se centra en un majestuoso navío que ya no navega sino que está anclado en el dique III del barrio de Puerto Madero, como museo flotante, en la populosa Buenos Aires.

Se trata del que fue buque escuela de la Armada Argentina, la fragata Presidente Sarmiento, botada originalmente el 31 de agosto de 1897.

Cuando estuvo en servicio realizó 39 viajes de instrucción de los alumnos de la escuela Naval Militar, hasta que llegó su última singladura en 1961, para pasar a convertirse en museo al año siguiente.

Obviamente, durante todos sus años en el mar pasaron por la fragata muchos marinos, que dieron lugar a infinidad de historias y anécdotas, pero entre todos hubo un “tripulante” que se ganó el cariño, el respeto y el recuerdo de cuantos estuvieron alguna vez a bordo.

Lo singular de este tripulante es que era peludo, ladraba y se desplazaba a cuatro patas, pues hablamos de un perro muy especial, el querido “Lampazo”.

Recibió su nombre precisamente por su peluda cola, que pronto recordó al cepillo con el que se limpia la cubierta del barco, llamado de la misma forma.

Era un terranova de color café y mirada tierna que un buen día indeterminado, durante una escala, se las ingenió para subir al buque sin pedir permiso a nadie y sin ser advertido hasta que el barco ya estaba en proceso de zarpar de nuevo.

Pero aquellos marineros no quisieron desprenderse de tan amigable compañero y con rapidez y unanimidad de acuerdo, decidieron adoptarlo.

El animal se adaptó de inmediato a su nueva situación, haciendo las delicias de la tripulación y los mandos con su alegría y ánimo, hasta el punto de que pronto fue considerado como un marinero más en el navío.

Todos salían ganando, el animal representaba para los hombres un soplo de aire fresco en el serio ambiente castrense y el perro recibía todo tipo de atenciones por parte de sus nuevos amigos.

Lo que nadie imaginaba es que el destino iba a mandarles a todos una prueba que les uniría si cabe todavía más y ya para siempre.

Una oscura noche de mar tremendamente revuelta, durante las operaciones de seguridad un marinero tuvo la desgracia de caer a las frías, embravecidas y oscuras aguas.

De inmediato, sus compañeros se dispusieron a botar una barcaza salvavidas para ir en su ayuda, pero la maniobra llevaba unos minutos que quizá el desventurado marinero no tuviera.

Sin embargo, nadie contaba con lo que sucedió a continuación, pues un peludo y valiente héroe iba a entrar en escena devolviendo con creces la amistad que le habían dispensado.

Con asombro todos los de cubierta pudieron entrever cómo en la oscuridad surgía la silueta de Lampazo, que sin dudar se lanzó a las fieras aguas para ayudar a su amigo.

Ese increíble gesto hizo que todos redoblaran sus esfuerzos para botar la barcaza con rapidez, mientras a la luz de sus focos contemplaban asombrados y agradecidos cómo el valeroso animal llegaba junto al marino y lo ayudaba a mantenerse a flote con riesgo de su propia vida.

Ese tiempo extra que el perro le concedió fue por suerte suficiente para que sus compañeros lograran llegar junto a ellos y les pusieran a salvo a ambos.

De nuevo en cubierta, todo eran parabienes y felicitaciones, especialmente para Lampazo que quedó ya indisolublemente unido a aquella tripulación.

Los mandos se encargaron además de que la hazaña del perro se conociera y aunque aquella promoción pasó, el animal se ganó un lugar de honor en la fragata y se mantuvo varios años más en su puesto, conociendo y sirviendo a otras nuevas hornadas de marinos que le trataban como el héroe que era.

Finalmente, Lampazo les dejó, pero su huella no se olvidó. Tanto es así que se decidió naturalizarlo y exponerlo en un lugar de honor en su fragata, ya entonces convertida en museo.

Desde entonces y hasta ahora, ahí sigue recordado por todos, recibiendo el cariño de los visitantes, niños y adultos.

Le dejan flores y los abuelos que pasaron alguna vez por la fragata, les cuentan a sus nietos la historia del singular can y cómo le conocieron. Una vez un veterano marino en uniforme de gala, se acercó a la vitrina y le dijo que el también se merecía una medalla, para acto seguido desprenderse de su condecoración más valiosa y dejarla para Lampazo.

Se cuenta que exactamente se le oyó decir: “Vos también mereces una condecoración viejo amigo». Esa medalla se ha mantenido ahí como espontáneo homenaje.

Desde luego, queda claro que el fiel Lampazo, con su mirada limpia y su peludo cuerpo color café, seguirá viviendo en la memoria de todos los que le conocieron en vida y de los que después conocieron su historia de amistad y valor.

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