En la entrada anterior os presenté la historia de un perro muy particular. Ahora os hablaré de un gato igual de especial y que también supo buscarse las habichuelas en otro lugar bastante curioso.

Anteriormente los hechos tenían como centro un buque militar. En esta ocasión tuvieron lugar en un museo.

Y no en un museo cualquiera, porque se trata del prestigioso Museo Británico de Londres, aunque bien es cierto que para conocer lo que ocurrió debemos echar el tiempo hacia atrás.

El título de la entrada se refiere a un gato en particular, pero lo cierto es que esta historia comienza con otro congénere previo.

En los primeros años del siglo XX, el departamento de libros impresos del Museo, era dirigido por el Dr. Richard Garnett, afamado erudito. Parece ser que un gato callejero tenía la costumbre de pasar a visitarle.

El buen doctor le trataba con deferencia y el animal pronto acabó siendo aceptado por el resto del personal. Era un bonito felino de color negro, con el pecho y las patas blancas, así como unos grandes bigotes. Fue bautizado como “Black Jack”.

Le gustaba acurrucarse en la sala de lectura y era lo suficientemente hábil como para hacerse notar en la puerta y conseguir que alguien le abriera.

El gato comenzó a ser un elemento habitual durante los siguientes años y un buen día, en febrero de 1909, vino la sorpresa.

El reputado egiptólogo, Sir E. A. Wallis, también trabajador del museo, se disponía a regresar a su casa tras su jornada, cuando se encontró a Black Jack que llegaba con algo en la boca.

El hombre se dio cuenta de que llevaba otro gato, uno muy pequeño y que además estaba vivo. Black Jack llegó junto a él y simplemente lo depositó a sus pies como esperando que el humano supiera que hacer con el minino.

Rápidamente, el conserje y guardia de la entrada que había visto todo, se ofreció a quedarse con el pequeño y lo adoptó de inmediato, dándole el nombre de “Mike”. Ese fue el comienzo de la historia del peculiar gato que a la larga se iba a hacer famoso.

El conserje dejaba pasar al animalito tanto de día como de noche y pronto hizo muy buenas migas tanto con los humanos como con Black Jack, al que acompañaba en sus correrías en busca de comida, pues a pesar de que le ayudaban, nunca perdió su instinto.

Mike aprendió rápido y ambos se mostraron especialmente hábiles en la caza de palomas, que todavía vivas llevaban al ama de llaves principal, para que esta, al tiempo que liberaba de nuevo a las aves, recompensara a los felinos con leche y comida.

El nuevo gato fue cogiendo poco a poco protagonismo mientras se acabó erigiendo en el protector de la sala de las momias, capturando los roedores que aparecían por allí y ponían en peligro las delicadas exposiciones. Mostraba tal precisión que se ganó el apodo de “gato guerrero”.

Se convirtió en un precioso felino adulto atigrado y su fama fue creciendo entre los trabajadores del Museo que le acabaron por considerar un compañero más.

Otra característica curiosa de su personalidad es que no toleraba a los perros y era capaz de asustar y poner en fuga canes mucho más grandes que él mismo, manteniendo el recinto del Museo libre de perros callejeros.

En un rincón dentro de una estantería, le habilitaron un espacio confortable para que el bueno de Mike durmiera y se preocupaban también de tener bien alimentado a su vigilante amigo, que al parecer prefería el lenguado a la pescadilla, la pescadilla a las sardinas, y las sardinas a la caballa.

Cuando el personal del museo considero en 1924 que ya era hora de que el felino se jubilase, le concedieron una pensión en consideración a sus años de servicio y amistad.

Y por allí siguió, ya con una vida más sosegada pero siempre contando con el cariño de todos los que tenían algo que ver con el museo, hasta su muerte en 1929.

Fue llorado sinceramente por todos lo que le conocieron y hasta la muy seria revista oficial del Museo, le dedicó un sentido obituario en sus páginas. Fue de hecho enterrado dentro del mismo recinto con un pequeño monumento funerario en su honor, asegurando de esta forma que el legado y recuerdo de Mike, permanezca siempre ligado a la institución.

Se encuentra cerca de la entrada de Great Russell Street y sobre la losa se lee: «Ayudó a guardar la entrada principal del Museo Británico desde febrero de 1909 a enero de 1929»

Toda su historia, incluyendo detalles adicionales, fue relatada tras su muerte precisamente por aquel Sir E. A. Wallis, que si recordáis fue el primero en verlo cuando lo trajo Black Jack, en un librillo de 16 páginas que publicó con un título casi idéntico: “Mike, The cat who assisted in keeping the Main Gate of the British Museum from February 1909 to January 1929» (Mike, El gato que ayudó a guardar la entrada principal del Museo Británico desde febrero de 1909 a enero de 1929).

Otro escritor de la época llegó también a definirlo como “El gato elegante que conquistó el caos con firmeza y una sola mirada”.

El propio librillo que comentábamos contiene al final un precioso poema que le hizo F.C.W. Hiley y cuyos últimos versos dicen:

¡Viejo Mike! ¡Adiós! Todos te añoramos;

y aunque no nos dejaras acariciarte,

de todos los gatos, eras el más sabio y el mejor,

ese será tu lema – ¡Requiescat!”

Incluso, en 1979, para conmemorar el cincuenta aniversario de su muerte, se publicó un cuaderno con ilustraciones realizado por R.B. Shaberman, del que podéis ver alguna muestra junto a estas líneas.

Cierto es que posteriormente han vivido otros gatos dentro de las instalaciones del Museo, pero está claro que la huella que dejó Mike no ha sido olvidada.

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