No descubro nada nuevo si describo el valiosísimo papel que tienen el la Naturaleza las laboriosas abejas.

Su labor es fundamental para la polinización de innumerables especies vegetales, lo que es determinante en la cadena alimenticia global y por supuesto para nosotros los humanos.

Por si esto fuera poco, nos proporcionan además una gran variedad de productos repletos de buenas propiedades.

Qué decir de la sabrosa y nutritiva miel con todos sus beneficios, que tanto hemos disfrutado los hombres desde la más remota antigüedad. No voy ahora a extenderme sobre ello pues son cosas supongo de todos conocidas.

Podemos hablar también de productos como la jalea real o el polen tratado, rebosantes igualmente de componentes benéficos.

Pero en este caso me quiero centrar en otro “súper producto” procedente igualmente de nuestras amigas abejas, como es el propóleo.

Recordad el nombre, que probablemente tampoco os sea desconocido, pues volveremos al mismo después.

Antes os quiero hablar de un hecho que apicultores y curiosos habían podido observar en algunas ocasiones y que tenía un halo de misterio que pedía una explicación.

Se trata de algo un poco truculento pues la curiosidad radicaba en la aparición en el interior de las colmenas de pequeños animales aparentemente momificados.

Hablo de otros insectos, como escarabajos o avispas, pequeñas serpientes o incluso algún ratón, que fueron encontrados de la extraña manera que digo.

Al principio todo parecía la mar de extraño, pues pensando en primer lugar en que las propias abejas fueran las autoras, no resultaba ser algo muy lógico, dado que para empezar no son carnívoras, no tenía sentido alguno que almacenaran comida animal.

Y además a priori no se encontraba explicación para el estado de los animales encontrados pues no había noticia de que las abejas hubieran tomado clases de los antiguos egipcios.

Sin embargo, había una increíble explicación y aunque pudiera pensarse que eliminaba el factor misterio, de hecho yo creo que lo aumentaba en el sentido de ser realmente misterioso cómo unos animales tan pequeños eran capaces de demostrar tal grado de “inteligencia”.

Es el momento de volver al propóleo, esa sustancia que va a cobrar un protagonismo principal en esta historia. De entrada, debemos saber qué es y cómo llegan a elaborarlo las abejas.

Para empezar, los insectos recolectan resinas y savia de los brotes de las hojas y la corteza de árboles como los abedules, los álamos, o las coníferas.

Tras transportar su carga en las bolsas de sus patas traseras como hacen con el polen, depositan todo en la colmena, donde otro grupo de obreras continúa el proceso.

Ahora mezclaran lo aportado con cera y otras sustancias fabricadas por ellas mismas, de tal forma que al final el resultado será el propóleo terminado.

Este producto posee unas propiedades espectaculares, pero algunas en concreto son fundamentales para las propias abejas.

Para empezar, lo utilizan como masilla y aislante para sellar y tapar pequeñas grietas que puedan surgir en la colmena y que podrían convertirse en un factor de peligro importante, También les sirve para reforzar sus estructuras. Es además muy adecuado para estos propósitos por su resistencia y durabilidad.

Pero tiene otra función asombrosa. Debido a su potente efecto antiséptico, con gran poder antibacteriano, antimicrobiano y antifúngico, lo utilizan también como revestimiento interno para evitar la presencia de patógenos que pudieran poner en peligro la salud de los individuos y por tanto de la propia colmena.

Si consideráramos a esta como un ente en sí mismo, el propóleo sería como su propio sistema inmunológico, llegando de esta forma a lograrse una casi completa esterilización de las zonas internas.

Y es ahora cuando se unen los tres aspectos importantes de esta historia, como son las abejas, el propóleo y esos extraños intrusos momificados.

En ocasiones, algunos animales son capaces de introducirse en la colmena buscando comida o refugio. Normalmente acaban siendo expulsados, pero a veces se da la circunstancia de que acaben muriendo dentro.

Cuando eso sucede, las abejas reaccionan de una manera realmente increíble. Ellas mismas no son capaces de sacar el animal del interior y “saben” que ese intruso al descomponerse pudiera ser una fuente muy grave de problemas de salud para toda la colmena.

Entonces comienza un absolutamente asombroso proceso. Las obreras especializadas en la producción final del propóleo acuden todas a una y comienzan a envolver el cadáver en capas y más capas de producto recién fabricado.

Finalmente, el desafortunado intruso queda convertido en una especie de momia sellada y las abejas a salvo.

El propóleo, desecará el cuerpo y evitará la aparición de cualquier patógeno en el momento y en el futuro, manteniendo seguros a los pequeños insectos alados.

De qué forma o en qué momento de su evolución las abejas han llegado a saber cómo obtener y preparar esa sustancia y además cómo utilizarla y sacar partido de sus beneficios, es todavía hoy un absoluto misterio para la ciencia.

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