Hoy me quiero hacer eco de una bonita historia que lleva tiempo circulando por internet con la vitola de estar inspirada en unos hechos reales antiguos.

Ciertamente son bastante diversas y procedentes de no pocos países las referencias a esto que digo, con enormes similitudes en los detalles de todas ellas.

No obstante, debo decir honestamente que no he logrado llegar a rastrear el origen inicial de la publicación moderna del relato principal, pues como señalaba al principio, la posible historia real es de bastantes años atrás.

Concretamente parece que todo empezó en el año 1910, en una tranquila y pequeña población de la campiña inglesa, con apacibles calles adoquinadas y coquetos muros de piedra cubiertos de hiedra, que tampoco está ubicada con claridad.

Al parecer habitaba allí una bella joven morena de nombre Eleanor, que vivía con sus padres y era muy apreciada por los vecinos por su amabilidad y su afición a escribir poesía, por lo que no era raro que los demás vieran sus dedos frecuentemente manchados de tinta.

Sus bonitos vestidos de encaje cuando salía a pasear con sus padres también llamaban la atención. Sin embargo, la pobre muchacha iba a recibir un duro golpe del destino.

En un nefasto accidente, sus dos progenitores fallecieron, dejando a la chica sola y triste. Quiso la casualidad que fuera por entonces cuando entró en escena la que sería la segunda protagonista de esta historia.

Una lluviosa noche, al llegar a su casa se sorprendió al encontrar una cesta de mimbre fuera en la puerta. Al mirar dentro quedó asombrada y conmovida.

Dentro, unos pequeños y asustados ojos le miraron expresivamente. Era una pequeña gatita blanca temblorosa y desvalida.

Eleanor no dudo un segundo y la metió en casa para darle calor y refugio. Quiso llamarla “Marble” (Mármol) y desde entonces se convirtió en su compañera inseparable.

Desde el primer momento la complicidad y unión de ambas resultó conmovedora y evidente. Con el tiempo acabaron compartiendo todas las actividades del día a día.

Cuando ella se sentaba a escribir, la gata se colocaba a su lado y observaba atentamente a la vez que de vez en cuando sacudía su pluma con la pata. También comían y dormían juntas.

Y por las tardes era frecuente que los vecinos les vieran paseando, jugando en la hierba repleta de lavanda y alrededor de alguno de los árboles, especialmente un gran cerezo que era su favorito.

Con cariño, para todos empezó a ser “la señora y su gato” y los más románticos del lugar decían de ellas que eran “dos corazones y un alma”.

Parecía que la joven iba dejando atrás la pena por la pérdida de sus padres y además había encontrado el amor en un apuesto joven local, llamado Thomas.

Tanto es así que se cuenta que contando entonces 23 años, llegó a prometerse con él. Sin embargo, una vez más el destino iba a golpear con fuerza a la joven.

Eran tiempos de guerra (Posiblemente se tratara de la Primera Guerra Mundial) y Thomas fue llamado a filas sin que los dos tuvieran tiempo de llegar a casarse antes.

Ya no podrían hacerlo, puesto que el joven cayó en combate en tierras lejanas sumiendo a Eleanor de nuevo en la negrura.

Pero adivinad quién iba a estar ahí de nuevo para pelear por ella y hacerla vivir otra vez. Sí, efectivamente, su incondicional amiga gatuna, Marble.

Con el apoyo y el cariño constantes de su peluda compañera, Eleanor fue poco a poco empezando a salir de su tristeza y recuperándose. Al final ya no se le conoció otra relación, pero según se cuenta tuvo una vida plena siempre junto a su fiel Marble.

Siguió con sus costumbres, sus paseos, sus poesías, varios años más, ellas dos solas ante el mundo, formando su peculiar familia, dándose alegría y compañía la una a la otra.

Hasta que una malhadada mañana de invierno, ella no despertó. Su asistenta la encontró en su cama en paz, con una mano apoyada en el lomo de su gata que se mantenía a su lado y la otra agarrando su diario en el que se podía ver una última anotación.

Sabiendo que llegaba su hora, Eleanor quiso escribir su última poesía para quién había sido lo más importante en su vida, su querida Marble y al parecer este era el poema:

«Para quién se quedó,

quien no pidió nada pero me lo dio todo,

tú eres mi amor más querido,

en piel y silencio. »

Los vecinos conmovidos organizaron un emotivo funeral para ella y fue enterrada en su jardín al pie del cerezo en el que tantas veces jugó con su gata.

Marble se quedó en ese punto sin moverse durante días y casi sin comer lo que le llevaban los vecinos. Al final, fue como si todo el pueblo adoptara al fiel animal y estuvo algunos años más viviendo por temporadas en casa de muchos de ellos.

Y digo por temporadas porque invariablemente, estuviera con quién estuviera, al acercarse los aniversarios de la muerte de Eleanor, Marble se escapaba para volver a pasar unos días junto a la tumba de su inolvidable amiga.

Allí se mantenía hiciera calor, frío, lloviera o tronara, dando una lección de fidelidad que siguió conmoviendo a los vecinos a pesar del paso del tiempo.

Hasta un día, que la encontraron sin vida precisamente en uno de sus viajes a la tumba. Con gran pesar y tras un funeral tan sentido como el que más, fue enterrada junto a su querida Eleanor, juntas de nuevo para siempre, dos corazones y un alma.

Desde entonces, dicen los lugareños que si paseas en determinadas épocas por la finca ahora abandonada, especialmente cerca del cerezo, el viento puede traerte un suave olor a lavanda y el murmullo de un cálido ronroneo.

Hasta aquí la historia que como decía, en todas partes figura como sucedida realmente. Su melancólica belleza ha inspirado bastantes posts y artículos, e incluso una canción, una balada que personalmente encuentro realmente bella, os recomiendo escuchar y cuyo enlace dejo al final.

Por cierto, las imágenes que ilustran la entrada que parecen generadas por IA, exceptuando la fotografía que se dice de ambas, aunque ciertamente el gato no parece blanco, están extraídas precisamente del vídeo de la canción y son bonitas recreaciones de las protagonistas y de ese último poema.

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